Estas semanas estoy yendo a colegios. Talleres de alimentación con niños y niñas de infantil y primaria. La energía, la curiosidad, las preguntas que hacen —directas, sin filtro, genuinas— son un recordatorio de por qué me encanta este trabajo y cuánto importa.

¿Por qué los síntomas en la infancia no son mala suerte?
Los síntomas —eccemas, asma, alergias, migrañas, digestión alterada— son señales del sistema inmunitario, nervioso y digestivo comunicando que algo necesita atención. No indican que el cuerpo esté roto, sino que está hablando. Ignorarlos porque el niño «no tiene sobrepeso» o «está bien» retrasa la identificación de patrones que tienen solución si se abordan a tiempo.
Pero hay algo que me he traído de esos talleres que no esperaba: una reflexión que llevaba tiempo rondándome y que al ver a esos niños y niñas se ha terminado de cristalizar.
Porque en esas aulas hay niños y niñas con asma. Con eccemas. Con alergias alimentarias. Con atopia. Con diagnósticos de TDA y TDAH cuyas prevalencias no han parado de crecer en las últimas décadas. Y también muchos más casos de los que me esperaba con TEA. E incluso alguno con cáncer. Diagnósticos que ninguna madre ni padre espera, y que los datos, sin embargo, ya no permiten considerar excepcionales.
Los datos respaldan lo que veo en las aulas. Según la Academia Europea de Alergología e Inmunología Clínica (EAACI), en menos de 15 años más de la mitad de la población europea padecerá algún tipo de alergia. En España, el asma afecta ya al 10% de los niños y la alergia alimentaria no para de crecer.
En cuanto al TDAH, las estimaciones actuales sitúan entre el 3 y el 7% los niños afectados en España, con una tendencia al alza en las últimas décadas que ningún profesional de la salud debería ignorar.
No lo digo para alarmar. Lo digo porque los datos merecen ser nombrados, y porque detrás de cada dato hay un niño, una niña, una familia, y muchas veces una historia que nadie supo leer a tiempo.
Los síntomas en la infancia son uno de los temas que más me interpela en consulta. Y estos talleres en colegios me han recordado por qué.
Los síntomas siempre estuvieron ahí. Simplemente nadie nos enseñó a leerlos.
Ser pequeño o ser joven no protege de la misma manera que creíamos
Lo que falla no es el amor con el que se cuida; es la cultura entera que aprendió a leer la salud por las señales más visibles y más cómodas. El peso como una de ellas. El aspecto físico. La energía aparente. Yo mismo lo viví. «Ramón es delgadito. Lo quema todo.» Pero Ramón también tuvo eccemas y disbiosis desde pequeño.
Vivíamos, vivimos en una cultura que considera los síntomas mala suerte, y que no termina de leer lo que el cuerpo intenta decir.
El problema es que el cuerpo no habla solo en kilos. Habla en eccemas. En migrañas. En alergias que empeoran con el estrés. En una digestión que se altera con el estrés. En una fatiga que no mejora con el descanso. En herpes que vuelven cada vez que la vida aprieta. En endometriosis. En Hashimoto.
Esos síntomas no son mala suerte. Son el cuerpo avisando. Son el cuerpo comunicando que algo necesita atención. Y eso vale para un adulto. Y vale también, cada vez más visiblemente, para un niño o una niña.
Los síntomas en la infancia no son mala suerte. Son información.
El cuerpo de un niño también se inflama. También se altera. También acumula lo que no procesa, incluida la microbiota intestinal, que empieza a formarse desde el nacimiento y es especialmente sensible en los primeros años de vida. Y los síntomas que estamos viendo en la infancia no son una casualidad estadística. Son información.
Puede que la suerte la tenga quien tiene síntomas. Quien tiene eccemas sabe que algo no va bien. Quien tiene migrañas recurrentes, o alergias que empeoran con el estrés, o una digestión que empeora en épocas de tensión, tiene una señal, una dirección, una oportunidad real de preguntarse qué necesita ese sistema.
Frente a eso, quien aparentemente «está bien» puede estar acumulando inflamación silenciosa durante años. Sin señal muy visible. Sin mensajero que gritara. Hasta que el cuerpo decide hablar en voz muy alta, porque llevaba tiempo hablando en voz baja y nadie prestó atención.
Lo que la infancia nos enseña si la escuchamos
Lo que me llevo de estos talleres no es solo la energía de las niñas y los niños. Ni la amabilidad y el cariño de las profes. Es la conciencia de lo temprano que se forman los patrones: alimentarios, emocionales, de respuesta al estrés. Lo pronto que el cuerpo empieza a registrar lo que recibe y lo que no recibe.
Lo que come, cómo duerme, cuánto se mueve. Y también —esto es lo más difícil de ver y lo más difícil de trabajar— el ritmo de vida, las exigencias, las emociones que no encuentran salida, el estrés que también los niños y niñas acumulan y que muchas veces no saben cómo procesar. Aprender a regular el sistema nervioso desde pequeños es una de las herramientas más poderosas que podemos darles.
La medicina integrativa no trata síntomas aislados. Trata el contexto en el que vive la persona que los tiene. Y ese contexto, en el caso de un niño o una niña, incluye también el contexto en el que viven sus madres y padres.
Merece la pena escuchar al cuerpo antes de que tenga que gritar. Y eso, como todo lo importante, empieza mucho antes de lo que pensamos.
Vivir más lento para sanar más rápido 🌿
Ramón Zelada Tomé
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